viernes 27 de enero de 2012

Un país bastante cutre



Llevo toda la mañana estudiando, actividad que por lo general me aburre, así que aprovechando mi pausa del almuerzo decido poner un rato las noticias, para reírme un poco.


Las de hoy han sido memorables, humoristas de todo el mundo deberían estudiarlas e incorporarlas a sus repertorios, el mundo sería un lugar mucho más feliz y viviríamos más, claro que viendo el panorama no se yo si lo segundo es una ventaja o una tremenda putada.


Han empezado fuerte, con Ana Botella preparándote el cuerpo para la que se avecina, pues la nueva alcaldesa - aunque en esto de provocar risa viene ya siendo perra vieja , valga el doble sentido - ha resuelto instar a la ciudadanía de Madrid a que trabajen sin cobrar un duro -implicarse lo llama ella- en ciertos sectores de los servicios públicos, con el fin de arrimar el hombro para salir de la crisis y devolverle a la Comunidad todos los innumerables bienes que les ha dado. Hoy por ti y mañana por mi, tío.

Y es que igual la pava tiene razón, ya que todos esos parados que se tocan los huevos en sus casas o que recogen chatarra por cuatro perras podrían contribuir a mejorar sus vidas y las de todos a cambio de un pequeño esfuerzo. Yo, personalmente, la campaña la veo casi hecha, una pancarta gigante bajo el lema

"Alcance el sueño de ser funcionario sin pagar un duro y en tiempo récord, razón: aquí." y es que la gente no trabaja porque no quiere. Ana si, y trabaja duro, pero cobrando claro, no vayamos a confundir las peras, con las manzanas.


La cosa promete, ahora parece que van a hablar del caso Camps, un hombre inocente cuyo único delito es decir tonterías por teléfono. El jurado popular- tíos y tías como tu y como yo, de andar por casa- ha decidido en una votación muy ajustada (5 - 4 para los locales) que no es demostrable si es un chorizo o simplemente un tío gracioso y picarón, así que nada, a casa a descansar.
Hoy ha salido a la luz el acta de votación del jurado, donde los encargados de decidir hacia que lado apunta el pulgar del César resumen sus conclusiones y el porqué de su decisión.


"El jurado, a deliberado" empieza el jugoso documento, en donde una absurda coma y una solitaria "a" anticipan lo que podría considerarse un genocidio lingüístico. Palabras como "faborable", "tubiera", "ningun","tikets" o "tienia" son pequeñas lucecitas que nos conducen a la apoteósica frase que transcribo a continuación:


" los supuestos regalos no han quedado demostrados que se les hallan pagado a los acusados [...]"


Como guiño, los señores y señoras del jurado popular terminan tranquilizando a la población asegurando que "no han ocurrido incidencias en la deliberación


Por eso yo me he quedado más tranquilo, con el proceso y con el veredicto, pues celebro que la ley y su buen juicio decidan que lo contrario a ser declarado culpable es ser declarado "no culpable", tiemblo tan solo de pensar lo terrible que habría resultado que Camps hubiese sido declarado "hinocente".


El show continúa, aparece el Juez Garzón al que acusan de no ponerse la mano al estornudar, y un "Pepín" Blanco que dice estar contento por que ya sabe de qué se le acusa, que nadie antes se lo había dicho, pero ya la sonrisa se me pone más sardónica.
Europa aparece al rescate, con un Vaticano y un papa que gastan medio millón de euros en un portal de Belén y que envían al arzobispo que denuncia los desmanes económicos a Estados Unidos (el término eclesiástico de "a tomar por culo"), y un reportaje sobre unos colegas muy listos que devalúan el euro para hacerse más ricos, los pillines.

Por último nos hablan de un cura que había dicho a su parroquia que "se iba a meditar de retiro espiritual", y que posteriormente resultó ser un superviviente del "Costa Concordia". Y es que hoy en día el que no medita es porque no quiere.


Apago la tele y retiro la bandeja, sonrío plácidamente, con la tranquilidad que da saber que uno está informado de lo que pasa en el mundo.

jueves 26 de enero de 2012

El día en el que un Inuit Groenlandés me llamó "Héroe"



Partimos temprano por la mañana, hacía el mismo frío de siempre, un frío al que ya estábamos acostumbrados. La noche anterior no habíamos dormido nada, por razones que detallo en una entrada anterior, y al despertar el pueblo nos encontrada ultimando los detalles con nuestro guía, el mismo que nos brindaba alojamiento y que acababa de enganchar todos los perros al trineo que nos habría de llevar de excursión.
Era un tipo divertido, decía que ya estaba muy viejo porque tenía 49 años, y que la dura vida de Groenlandia pasaba factura, pero era un tipo duro. A mi me llamaba "Funny man" ya que como apenas podíamos comunicarnos yo le contaba historias mediante gestos y movimientos, que a él y a su familia hacían reir, supongo que una vida dura no deja mucho tiempo para la sonrisa.

Llevábamos un par de horas desde nuestra partida, habíamos abandonado el pueblo para adentrarnos en el interior, tan sólo rodeados de gigantescas montañas heladas y llanuras desiertas cubiertas de nieve. Atravesamos planicies de mar helado, cuya superficie permanece congelada la mayor parte del año.
Me dijo que bajo nosotros y dos metros de hielo había ballenas y tiburones, lo cual me produjo un escalofrío.

Hicimos una pausa, comimos parte de las provisiones y estiramos las piernas, también echamos una meada.
Yo me había apartado un poco, quería excluir de mi plano visual cualquier rastro humano, sólo ver la más pura y cruda naturaleza, la que te hace sentir nimio, cuando a mi espalda oí aquel ruido, me giré.
Mi compañero se había acercado a los perros, que se habían lanzado a atacarle, por lo que nuestro guía usó el látigo para que permanecieran quietos (nunca se golpea al animal, es el restallido el que lo frena), señal que erróneamente estos habían interpretado como de partida, por lo que habían comenzado a avanzar en la nieve, tirando del trineo que llevaba las mantas, la comida y el resto de pertrechos, ante los gritos del guía que comenzaba a correr tras el trineo.

Yo echo a correr detrás de él, pero estoy más separado y tampoco tengo claro qué hacer, así que sólo corro tras él y tras el trineo confiando en que él sepa manejar la situación. De repente él salta hacia adelante, y lanza su látigo contra la parte trasera, en la barra de sujeción del conductor, con la esperanza de que se enrolle y él quede enganchado, yo alucino, y sigo corriendo. El látigo da en la barra, pero su punta no se engancha, por lo que el guía acaba tumbado en el suelo, mirando impotente como se aleja el trineo, yo paso a su lado, como no estaba detrás sino en un lateral más apartado tengo que ir avanzando en diagonal, pero los perros alcanzan cada vez más velocidad, y el trineo se aleja. Entonces, cuando veo que la distancia va a resultar insalvable salto sobre su parte trasera, la única a mi alcance, decidido a caer de bruces contra la fría nieve, pero sorprendentemente consigo engancharme a la parte del conductor, mientras el trineo tira de mi.

Me engancho y permanezco subido, pero no se frenarlo, durante todo el viaje mi compañero y yo hemos ido en la parte delantera, sólo el guía llevaba las riendas, así que totalmente tenso investigo con la mirada y veo un pequeño pedal metálico entre dos piezas de madera, lo piso firmemente como si me fuera el alma en ello, el pedal se hunde sobre la nieve y los perros se frenan, lo había conseguido.

Permanezco en la misma posición, pié y pedal hundidos sobre la nieve, brazos en tensión y el corazón desbocado, no reacciono, tan sólo proceso todo lo que acaba de pasar, cuando una fuerte y sonora carcajada suena a varios metros tras de mi, junto a mi corazón los dos únicos ruidos en kilómetros a la redonda.

Miro hacia atrás, y contemplo al guía, que permanece tumbado sobre la nieve, con la mirada puesta sobre mi mientras se carcajea como pocas veces he visto reír a alguien en mi vida, lo que hace que me sienta aún más extraño, pasa una eternidad hasta que él se levanta y viene hacia mi, con lágrimas en los ojos, y sólo entonces relajo mi cuerpo y me bajo del trineo, entonces me dice entre carcajadas:

- Si no hubieses parado el trineo habría vuelto a casa sólo, y tendríamos que caminar durante ocho horas sobre la nieve hasta el pueblo más cercano para llamar a alguien que nos recoja, ¡¡eres un héroe que nos ha salvado la vida!! y tras terminar la frase se derrumba de nuevo al suelo y sigue riéndose, sólo entonces yo comienzo a reír, como pocas veces lo he hecho en mi vida.

Aquella noche nos invitó a su casa a cenar, y todos nos emborrachamos.

domingo 1 de enero de 2012

El Nombre del Viento




Es una palabra.
Las palabras son pálidas sombras de nombres olvidados.
Los nombres tienen poder y las palabras también.
Las palabras pueden hacer prender el fuego en la mente de los hombres.
Las palabras pueden arrancarles lágrimas a los corazones más duros.
Existen siete palabras que harán que una persona te ame. Existen diez palabras que minaran la más poderosa voluntad de un hombre.
Pero una palabra no es más que la representación de un fuego. Un nombre es el fuego en sí.



Estaba muy confuso.


-Sigo sin comprender.


- Utilizar palabras para hablar de palabras es como utilizar un lápiz para hacer un dibujo de ese lápiz sobre el mismo lápiz. Imposible. Desconcertante. Frustrante... ¡Pero hay otras formas de entender! -gritó riendo como un niño pequeño.

jueves 29 de diciembre de 2011

Fuegos de San Telmo



Siempre han estado mis padres, siguen estando, aunque les estaré eternamente agradecido no es a ellos a quien dedico estas lineas porque yo, al fin y al cabo, siempre he sido su hijo.

Son aquellas personas que de algún modo me sirvieron de guía o de apoyo en momentos de mi vida muy concretos, me ofrecieron su luz sin tener porqué, no hice nada por ellos, no trabé intensos vínculos como lo he hecho con otras personas en mi vida que también han sido mi guía, que lo siguen siendo. Fueron personas que simplemente estuvieron ahí, un momento, y desaparecieron, pero dejaron una huella.

Al principio estaba Ángel, cuando era sólo un niño, el pasaba de cuarenta. Fue quien me enseñó a caminar por el campo, a no tropezar con las rocas, a administrar el fuelle y a apreciar la naturaleza, pero sobre todo me enseñó que la Historia no sólo está en los libros o en las películas, que está entre nosotros, quizás a pocos metros de profundidad o con un poco de suerte en una ladera donde hacía muchos años había un castillo, o en el fondo de una oscura cueva. Aun conservo flechas romanas y un Trilobite.

También aquel chaval del campamento, Juan creo que se llamaba. yo tenía doce años, el tendría tres o cuatro años más de los que yo tengo ahora. Fue la primera persona que siempre me trataba como si fuera especial, me hablaba como se habla a alguien que sabes que valorará tus palabras, me ayudó en mis primeras experiencias con las chicas, dejando que yo descubriera por mi mismo los secretos más importantes, fue mi confidente, y doy fe de que yo también le guardé algún secreto importante, fue quien me habló de George Zamfir y me dijo que yo sería alguien.

Zohir, mi compañero Sirio, quien confió en un chaval de diecisiete años que vivía sólo en un país extranjero, quien me consiguió un curro en su trabajo, quien me hizo descubrir las maravillas de la cocina árabe y tuvo la consideración de invitarme a una celebración en masa de fin de Ramadán. Aún recuerdo aquellas noches que abríamos el cibercafé sólo para emborracharnos dentro.

Tampoco olvidaré a Fanney y Antonio, quienes me ofrecieron un hogar, una familia y unos amigos en la Tierra del Hielo, cuya generosidad y bondad era capaz de calentar los climas más fríos y alumbrar las noches más largas y oscuras. Quizás la mezcla perfecta entre Islandia y España.

Y supongo que debo de mencionar a Marcin, quien pese a todo, ha sido el único ser humano que me ha acompañado en la mayor aventura de mi vida. Juntos montamos noches de guardia, atravesamos helados glaciares y cruzamos montañas sabiendo que nuestros pies podrían hundirse en cualquier momento, aprendimos a amar y a temer a los esquimales, juntos conquistamos Groenlandia.

Porque a veces las mejores enseñanzas no provienen de palabras o actos de personas ajenas, simplemente de la posibilidad de interacción con ellas. Estaré eternamente agradecido.

sábado 3 de diciembre de 2011

Un pequeño Robin Hood


Acto seguido a mi entrada anterior, abandono el patio para volver a los pasillos del colegio. Observo que junto al despacho de mi madre hay un chaval apoyado, le calculo unos once años, le he visto un par de veces en la clase de mi madre, no diré su nombre, a cambio le llamaré Javier. Javier no está jugando con los demás, aunque no tiene aspecto de ser un niño introvertido, así que le pregunto porqué está ahí sin hacer nada.

"Estoy castigado", me dice, "me ha castigado tu madre". Le pregunto si ha hecho algo gordo o si simplemente ha sido una pequeña tontería, me responde que lo segundo. "Yo también hago a veces tonterías" le digo, "pero cuando te haces grande los castigos son aún más aburridos", él sonríe, parece divertirse con la conversación. "Lo importante", prosigo, "es no volver a repetir las mismas tonterías, así al menos aprendemos algo" el asiente, y mantiene una sonrisa que no puede llamarse irónica por la escasa edad del chico, pero que sin duda es un esbozo, me recuerda bastante a mi cuando era chico.

Continuamos hablando un rato, hasta que aparece mi madre y muy seria le pregunta si ha reflexionado acerca de lo que ha hecho, él sigue manteniendo la sonrisa, pero mi madre le dice que lo que ha hecho no es motivo de risa, así que a él se le borra inmediatamente. Yo la conservo a un cuarto, ofreciendo apoyo al chaval pero sin desacreditar a mi madre, un gesto que sólo se aprende cuando sabes cómo se siente la persona a la que están regañando, pero comprendes lo necesario que es.
Yo lo se más que nadie, es mi madre la que lo hace y usaba las mismas formas conmigo, seria, pero no agitada, dialogante, pero no amigable, autoritaria, pero no temible, también sé como se siente el chico, los gritos y la cólera sólo te hacen desconectar y desear que terminen, pero el método de mi madre es mucho más eficaz, realmente te hace preguntarte porqué narices has hecho lo que has hecho, te hace maduro por momentos.

Los tres nos dirigimos a la secretaria, ella me ofrece caramelos y yo se los acepto, mi madre le dice que el chico se quede allí hasta que entren todos al comedor, la secretaria le mira con un cierto toque entrañable, nos despedimos mi madre y yo. Antes de marchar me giro, le doy en secreto un caramelo al chico y le hago el gesto del silencio con el dedo, él me sonríe y se lo lleva rápido a la boca, temeroso de que alguien se lo quite, entonces desaparezco.

Una vez en el coche le pregunto a mi madre cual ha sido la hazaña de Javier, y ella sonríe y me cuenta que le ha robado todos los bolígrafos que tenía en el cajón y los ha repartido por toda la clase. Yo suelto una carcajada y le digo que es como Robin Hood, ella me dice que había pensado lo mismo.

Entonces sonrío por dentro, y celebro haberle dado aquel caramelo antes de marcharme.

Crecer



Voy camino del colegio de mi madre, me toca recogerla. Ella está bastante liada, como casi siempre, así que tengo que esperar a que ella termine, son las dos y media.
Salgo al patio, donde todos los niños juegan, hacen tiempo mientras esperan para entrar al comedor, niños que no pueden comer en su casa. Por lo general me gusta observar a los niños, sus reacciones y la forma en la que se expresan, la inocencia con la que actuan y a veces la terrible lógica con la que cuestionan asuntos que para los adultos son bases incuestionables, pero que nos dejan sin palabras más de una vez. Creo que los niños son más importantes de lo que pensamos, no sólo por el manido recurso de que son el futuro, sino porque la mayoría de las veces demuestran ser mucho más inteligentes que los que ya somos más grandes.

En esas estoy, en el patio observando los diversos grupos en los que se constituyen. Me sorprende ver que la mayoría de ellos se dedican a tirar una peonza, algunos sobre el suelo, otros sobre una especie de semicírculo en el que compiten por ver qué peonza aguanta más en pie, me resulta curioso ver que juegan a lo mismo que jugaba mi padre, o incluso mi abuelo. No muy lejos hay un grupo que juega al fútbol, la mayoría son chicos, pero hay alguna chica que además demuestra tener bastante maestría, me planteo la posibilidad de unirme, pero tengo que irme pronto, así que sigo observando. Otro grupo juega a una especie de pilla-pilla con pelota, un rugby sin campo ni portería, la pelota se dirige hacia mi, pero una chica la intercepta, de nuevo me quedo sin poder participar.

Comienzo a sumirme en cierta nostalgia, recordando aquellos tiempos en los que jugaba sin ninguna otra preocupación, donde podías acercarte a un grupo y unirte sin conocerlos, tan sólo denominándolos como "amigos" ya que no conocías sus nombres. Calculo que no hace tanto tiempo que yo era uno de ellos, que aprovechaba cada tiempo libre para correr y hacer que mis pantalones necesitaran nuevos parches, llegaba a todos los sitios sudando y despeinado, con la respiración entrecortada pero terriblemente feliz.

Sumido en mis pensamientos que estoy, cuando una voz por la espalda me pregunta si quiero que la puerta se quede cerrada o abierta, yo, que no termino de comprender el motivo de su pregunta le miro con cara extraña, a lo que el conserje me pregunta si soy el monitor. Yo sonrío cínicamente y le digo que no, que soy el hijo de Fuensanta y que la estoy esperando simplemente, él se disculpa.

 Y me quedo pensando, mirando a los niños y luego a los monitores, pensando en que prefiero un millón de veces seguir siendo un niño, y jugar a la pelota despreocupadamente.

viernes 18 de noviembre de 2011

Desvelos


Son las 2:30 de la mañana y no puedo dormir. Los motivos son diversos; la aventura que estoy viviendo, el trineo y sus perros que nos esperan a las 08:30 de la mañana siguiente, la luz solar que entra por la ventana, un constante amanecer nocturno que se refleja en cada colina nevada y multiplica su efecto con un centenar de rayos que traspasan la ventana sin cortina, incidiendo directamente en el suelo, donde yazco sobre un saco de dormir sin nada acolchado en que apoyarme, otro motivo más, al fin y al cabo.
En mis manos un libro, compañero habitual de mis noches en vela, y a pocos pasos de mí está mi compañero, por cuyos ronquidos calculo que está bien dormido, el cabrón.

Un motivo más retarda mi sueño, una sensación extraña e inquietante. Los perros no aullan, como los días anteriores, pero recibo constantes ruidos por el pequeño grupo de casas que conforman el pueblo de Kulusuk, algún grito, llantos también, discusiones y trasiego de motos de nieve. La inquietud se amplifica por una constante sensación de desorientación, un pais sobre el que no conozco nada, ni sus gentes ni su cultura,ni su lengua o gastronomía, pero no sólo es desconocimiento, es algo más que no llego a saber definir.
A primera vista parecen amables, todos los Inuit nos han saludado por ser los únicos extranjeros del lugar, las mujeres no sonríen, y pude sacarle conversación a un lugareño a cambio de ofrecerle tabaco. En la casa de al lado hay unas niñas que toman el sol en el tejado, me sonríen y hacen gestos, yo sólo sonrío levemente y hago un gesto cortés, por no querer meterme en berenjenales. Sin embargo uno nunca termina de sentirse en casa, todos parecen llevar una vida que no parece gustarles del todo, cada uno lleva dibujada una pequeña parte de la que no parece que deba uno fiarse, como si llevasen tatuados el peligro escondido en su cuerpo, como si Groenlandia escondiera un oscuro secreto.

Las noches eran una buena muestra de lo que intento describir, gritos y lamentos, como de mujeres que pierden a sus hijos en algún accidente, voces fuertes que discuten, pero esta noche todo es mucho más intenso, más crudo.

Se oye un disparo, un fuerte disparo de fusil que las montañas que rodean al pueblo se encargan de propagar, he sentido el cristal retumbar, el sonido no puede provenir de más de 100 metros. Un disparo junto a nuestro refugio.
Me levanto de un brinco, corro hacia el interruptor y apago la luz, corro hacia la ventana, me agacho y me asomo por la esquina inferior derecha, poco a poco. Oigo un ruido a mi espalda, me giro y veo a mi compañero mirándome a los ojos, silente, yo le devuelvo la mirada y por un instante nos quedamos sin decir nada, habla él primero y me pregunta si lo que acaba de sonar es un disparo, le digo que si, y volvemos a quedarnos callados. Entonces soy consciente por primera vez de todo lo que he hecho desde que me he levantado de la cama.

Mi compañero hace un gesto como de incorporarse, con la misma insconciencia con la que yo he actuado los primeros instantes, le digo que se quede tumbado, que no se mueva, parece agradarle la idea pues no objeta nada, y yo me voy desplazando por las ventanas agachandome para que no se recorte mi figura en la luz. Más lamentos y motos de nieve, sombras que se desplazan y perros en silencio, quizás lo más extraño de todo, perros que no aullan.

Intento calmar mis pensamientos, ordenar mis ideas, pero no saco nada en claro. Con una bala se puede matar una foca, pero no están en el pueblo y mucho menos de noche, tampoco se sacrifica un perro así. Sé que si aparece un oso polar se da la alarma, y todos salimos para matarlo en defensa del pueblo, tampoco tenía mucha lógica con lo ocurrido. Sólo un más que improbable accidente o la furia podían ser la causa de lo que sin duda había sido un disparo.

Comienzo a darle más vueltas, somos los únicos extranjeros en el pueblo, un pueblo que no suele acoger turistas, puestos a que alguien se lleve un disparo somos los que más papeletas llevamos, sobre todo si el alcohol hace los habituales efectos en tan extraños metabolismos, me pongo en el peor de los escenarios.
Si vienen a por nosotros no tenemos donde huir, tan sólo nieve a nuestro alrededor, nieve traicionera que puede hundirnos en la oscuridad y que no duda en dejar un buen registro de nuestras huellas. El "aeropuerto" es inalcanzable a pie, y el único hotel de la zona donde habitan noruegos queda a cuarenta y cinco minutos a través de un camino casi impracticable, compitiendo contra motos de nieve y perros salvajes, opciones nulas, tampoco hay policía a la que acudir.

Vuelvo a correr agachado, esta vez hacia la puerta, aseguro el cerrojo, algo ridículo puesto que el marco superior es de cristal, pero al menos si entra alguien tendrá que hacer ruido. Cojo un palo grande que hay junto a la puerta, se asemeja a un palo de hockey muy rústico, vuelvo al interior, con sus innumerables ventanas.
Dado que no podemos salir, defendernos en la casa es nuestra única opción, nada que hacer contra un grupo armado de gente que sabe cazar desde que les salen los primeros dientes, pero puestos a morir al menos que sea vendiendo cara la piel. Miro a mi compañero, sigue en la cama tapado hasta la cabeza mirando todos mis gestos sin mediar palabra, como un anciano que ve la vida pasar en un parque, salvo por el rictus nervioso que se dibuja en la penumbra, volvemos a mirarnos el uno al otro y él me dice, sin decirlo, que si hay que hacer cualquier cosa el no dará la talla, que no cuente con él para nada que no sea seguir en la cama, yo, sin despegar los labios le digo que me hago cargo, que no se preocupe. Me siento sólo, y me pregunto si llegada la hora de la verdad yo actuaré exactamente igual a él, no lo sé.

Permanezco en silencio, escuchando mi alrededor, me consuela saber que la nieve también convierte en sonoros los pasos, pero todo sigue igual, todo el jaleo se va atenuando durante las siguientes dos horas, entonces comienzo a relajarme.

Son las 04:35, descorro el pestillo y salgo a la calle, me enciendo un cigarro y analizo lo ocurrido, por un momento sonrío y pienso que me he flipado mucho, cambio el gesto por una sonrisa más cínica, y me contesto que más vale eso a irte de este mundo con cara de gilipoyas y los pensamientos desordenados. Suena mi teléfono móvil, es Lola llegando a su casa después de una noche de fiesta, me cuenta sus percances y le digo que la quiero. Me enciendo otro cigarro, vuelvo a mirar por quinta vez el palo, apollado junto a mi, después dejo mi cabeza volar por el pueblo, paso por encima de las casas, atravieso los tejados para vislumbrar su interior, pero dentro no veo nada, sólo oscuridad.